Te reconocí en seguida, a pesar de que se te ve muy distinto que en las fotos. Me pareciste mayor, más gordo y más bajo. Eso sí, tan simpático y divertido como te imaginaba, como intuía.
Tu amigo, ¿cómo se llamaba? Miguel, se llamaba Miguel, no Javier, no…claro se me olvidó varias veces el nombre. Se llamaba Manuel, como mi querido. Y es que me cuesta acordarme de los nombres de la gente que se empeña en pasar desapercibida, en borrarse.
A Manuel lo tiene preso la misma pasión que a mi amigo Pedri, el miedo. El cree que es tímido, y además de que así se muestra, lo dice en seguida, pero el contacto es apenas una cruce de miradas de lado, una sonrisa que no sabes bien si es sonrisa o mueca, la voz temblorosa, tartamudeo. A mi me atraen estos miedosos.
Nos sentamos y charlamos. Bueno, más bien hablaba Antonio todo el rato, que tenía mucho que contar y lo hacía con gracia. Nos contaba que después de su operación de trasplante de médula, con lo de su cáncer, estuvo más pallá que pacá y después de salir del hospital se iba a Chueca hinchado como un globo, blanco, calvo y sin cejas que dice que parecía Casper. Y así y todo ligaba, que no se quería ir de este mundo sin comerse un par de pollas.
Le dije a Miguel, perdón Manuel, que si iba caminando a casa, lo acompañaba. Vive dos calles por encima de la mía. Al enterarme me fijé más en él. Es guapo, difícil con tanto miedo, pero guapo.
Por el camino se disparó a hablar. El miedo a caminar en silencio conmigo sumado a que yo le gustaba –el placer también da miedo a los miedosos-, le soltó la lengua. Hablaba muy rápido y tartamudeaba, imposibilitando que le entendiera la mitad de lo que decía, dándome tiempo a verlo con cuidado: sus gestos, su mirada, las manos, lo que no decía…
Y me contó que no tiene novio –me froté las manos- pero que no deja de verse con su ex novio –me chinchó-. Me decía que es ni contigo ni sin ti –o sea, contigo-.
Bajando para mi calle, después de dejarlo en su casa y darnos los teléfonos pensaba en lo mucho que pierde Manuel por no soltar –y no pensaba en que me perdiera a mi exclusivamente-. Estar agarrado a algo te impide moverte a lo nuevo, porque para llenarse hay que vaciarse. Sin embargo el vacío duele –que no estamos acostumbrados- y es precisamente el dolor lo que enseguida expulsamos lejos de nosotros, como si fuera ajeno.