Siento delectación en caer mal a cierta gente, que especialmente no me gusta.
A veces es tanta que incluso hago muy evidente que no quiero ningún tipo de acercamiento. Otras veces me convierto en un sádico sin complejos (o con ellos).
Detesto con especial interés a los buenos y a las buenas: esos entregados a grandes causas, esos que siempre están dispuestos, esos de sonrisa fácil y empatía ligera, los que modulan la voz para mostrar humildad, los que jamás se muestran...
Y es que de ahí vengo yo, que ahora estoy encantado de ser un hijo de dios y de puta al mismo tiempo.