Te esperaba en el bar resguardado del frío, tomándome una cerveza, cuando ví por la ventana que te acercabas. No te recordaba tan guapo, ni tan alto, y me alegré mucho de verte.
Me contabas de tu viaje a la India y, mientras escuchaba, sentí que las cosas han camiado mucho para mí desde la última vez que te ví. Me sentía a gusto conmigo y te veía muy bien, casi diría que con otros ojos.
Y mirándote comprendí que la envidia me ha obligado, en muchas ocasiones, a romper relaciones de amistad. No dejaba que cada uno tuviese lo que quisiese, si no que desde la falsa bondad, desde la apararente entrega al otro, interveía en todo mucho más de lo razonable y soportable.
Entonces el Universo me habló -lo hace a menudo-, y me dijo así: "Tú sólo debes pensar en ti mismo. Si te conformas con lo que la vida te da, serás más feliz. Recuerda que las personas envidiosas se pasan toda la vida sufriendo queriendo ser y tener lo que no son y no tienen".
Me entró el contento y ví cómo te llegaba a tí sin que te dieras cuenta: te revolvías en la silla, respirabas con suspiros, empezaste a sonreir y a mirarme a los ojos.
- Qué mirada tienes tan intensa, -me dijiste-. No todo el mundo te aguantará que los mires así.
- No miro así a todo el mundo -contesté-.
- ¿Por qué a mí, entonces? - me preguntaste esperando escuchar algo interesante-.
- Ya lo sabremos. Tú dices no saberlo y yo creo desconocerlo. Un poco de misterio a esta cita programada no vendrá mal. Te acompaño a casa.
Y caminamos abrazados por la calle Toledo sintiendo el frío en la cara y el calor de su mano que me recorría la espalada.