Pedí que me rellenaran el vaso y con el siguiente sorbo una deliciosa alegría penetró en mí, me subía una calidez muy agradable desde el vientre hasta la cabeza, para después correr por todos mis miembros e impregnarlo todo.
Me invadió un bienestar total, vital y espiritual de cuerpo y alma. Y tuve ganas de hablar. Entonces miré al tabernero que me devolvía una mirada furtivamente para después, seguir de charla con su parroquiano que bebía un licor plateado como sus canas.
Telefoneé a Olivier porque pensaba en lo mucho que disfrutaría del bar tan singular y de sabor fuerte del licor y hablamos apenas unos minutos, sin embargo, algo le tuvo que llegar de mi bienestar porque sentí su emoción.
Mientras tanto veía la gente pasar por la puerta del bar que ralentizaban el paso o se detenían para mirar dentro atraída por los colores tan llamativos de las botellas que ocupaban las paredes desde el suelo hasta el techo. Me encendí un cigarrillo -qué peligro tengo, pensé- cuando entró un hombre con mucha importacia en sus gestos, bien afeitado, serio, y sentí rubor, quizá me revolvía en una comparación inconsciente. Pagué y me marché.
Sentía el contento que da la tranquilidad de estar haciendo lo que quiero hacer y me paseé por la Platka deteniéndome delante de todo aquello que llamaba mi atención. Oía Rebetiko entre las tabernas y las tiendas para turistas.
Estoy donde quiero. Respiro, hincho mis pulmones. Camino.